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| Eduardo Castex, La Pampa.

Méndez, el gendarme que puede romper el silencio (*)

Méndez, el gendarme que puede romper el silencio (*)

Fabián Méndez lideraba el escuadrón de Gendarmería de El Bolsón al momento de la desaparición de Santiago Maldonado. Fue separado de puesto con la excusa de “protegerlo” de atentados, pero terminó vigilado por la propia fuerza y alejado de su familia. Méndez está resentido porque lo dejaron “solo” luego de la represión y atraviesa una crisis nerviosa. Algunos creen que podría romper el pacto de encubrimientos.

Tres días después de la desaparición de Santiago Maldonado durante el ataque de Gendarmería al territorio mapuche de Cushamen, el jefe del Escuadrón 36 de Esquel, Pablo Badié, habló por teléfono con el autor de esta nota. Su tono sonaba amable pero cauto. Primero aclaró que sus hombres “sólo prestaron un servicio de apoyo al procedimiento”. Luego, amparado en la prohibición de abrir la boca, escatimó otros detalles. Y ya a punto de cortar la comunicación, de pronto, soltó: “Vea, ¿por qué no llama al Escuadrón de El Bolsón? Allí tal vez le informen mejor”. Un modo elegante de mandar al frente a su par en esa ciudad, el comandante Fabián Méndez.
Por esas mismas horas, en un encuentro con el secretario de Seguridad de Río Negro, Gastón Pérez Estevan, aquel oficial exponía su versión de los hechos. “El operativo estuvo a cargo de Chubut. Ellos son muy celosos; sólo ellos pueden decir lo que pasó”, fueron sus exactas palabras.
Tal definición –debidamente filtrada por una fuente próxima al gobierno rionegrino– fue publicada el 20 de agosto en el diario Tiempo Argentino con los siguientes efectos: un pedido de informes del legislador Marcelo Mango (FpV) en el parlamento provincial y una indignada respuesta del propio Pérez Estevan, quien –sin desmentir la existencia de aquel cónclave– simplemente adujo: “La bajeza política de algunos no tiene límites”.
Lo cierto es que los dichos de Méndez ya durante la primera semana de ese mes habían provocado una honda preocupación tanto en los altos mandos de Gendarmería como en los pasillos del Poder Ejecutivo nacional. Y dieron pie a una trama de imprevisibles consecuencias.

El replegado

Hubo un tiempo reciente en que a Méndez la vida le sonreía. Sin ir más lejos, al cumplirse el 28 de julio la efeméride de la fuerza su expresión recargada de optimismo fue vista por la pantalla del canal 4 de El Bolsón; entonces, dijo: “La lluvia paró justo para que hagamos el acto. Estoy muy emocionado por la presencia de tantos amigos y me siento orgulloso de ser gendarme”.
¿Acaso podía imaginar que 72 horas más tarde empezaría un inesperado descenso hacia el infierno? Su primer paso en tal sentido ocurrió durante la noche lunes 31 al avanzar con 58 uniformados sobre la ruta 40 y prosiguió en la mañana siguiente –ya con otros 69 efectivos chubutenses de Esquel y José de San Martín– cuando encabezó el brutal embate a la comunidad mapuche de Cushamen. En el plano operacional oficiaba como enlace entre la tropa y las órdenes del funcionario del Ministerio de Seguridad, Pablo Noceti, a cargo de la conducción estratégica de la faena. Hasta que, en el medio de la acción, se replegó a una camioneta blanca estacionada a la vera de la lof para enfrascarse en conversaciones a través del equipo de comunicación. Lo reemplazaba en el mando táctico el subjefe del Escuadrón de Esquel, Pablo Escola, quien desde ese momento materializó los dictados de Noceti. En aquellas circunstancias se produjo la captura de Santiago Maldonado.
“El operativo estuvo a cargo de Chubut”, repitió Méndez con énfasis al oído del Pérez Estevan al filo del primer fin de semana de agosto. Y semejante frase no tardó en llegar a otras orejas aún más influyentes.

Es posible que el extrovertido oficial haya notado desde aquel momento cierta frialdad por parte de sus mandos naturales. Por lo pronto, la cúpula de esa fuerza habría seguido con suma atención las alternativas del allanamiento al Escuadrón 35. Pero sin comunicarse con él. De modo que en medio de una apabullante soledad institucional, Méndez tuvo que atender a funcionarios judiciales, peritos, policías y abogados de las partes que acudieron allí con tal propósito.

Tampoco lo llamaron al día siguiente –el 11 de agosto– cuando casi tres mil vecinos de El Bolsón marchaban desde la plaza Pagano de El Bolsón hacia la sede de aquella fuerza, durante un recorrido con escala frente al hogar del comandante en la zona céntrica Dicen que él se mostró “muy molesto” por el asunto.
Pero más molesto se sintió horas después, ya durante la madrugada del sábado, cuando su sueño fue atravesado por un piedrazo contra la ventana del dormitorio de su casa. No era una pesadilla.
La custodia –dos suboficiales que al momento del hecho dormitaban en una camioneta estacionada junto al inmueble– sólo alcanzaron a ver, según sus dichos, unos “encapuchados” ya lejos de allí. ¿Serían agitadores anarquistas? ¿Terroristas kurdos? ¿O agentes encubiertos? Ya se sabe que éstos son el último grito de la moda.
Aquel oportuno cascote hizo que los altos mandos de la Gendarmería consideraran que se trató de una “amenaza de muerte”. Entonces –de acuerdo a la información oficial– a Méndez le ordenaron “alejar inmediatamente a su familia del perímetro”. Así fue que la esposa y su hija terminaron alojadas en un hotel cuya ubicación no fue precisada. Y a él se lo alojó en el casino de oficiales del Escuadrón rodeado por diez guardaespaldas. Su vida se enrarecía a pasos agigantados.

Ánimo volátil

Con “licencia” en sus funciones, sin poder volver al domicilio y separado de la familia, Méndez parecía un astronauta soviético fondeado en el espacio tras la caída de la “cortina de hierro”. Y sus custodios, más que cuidarle el pellejo, velaban en realidad por su silencio.
Tal escenario se tornó aún más tirante cuando su conversación “secreta” con el funcionario Pérez Estevan tomaba estado parlamentario.
Incluso por esos días trascendía un paper elaborado por un “pluma” de la Policía Federal –así como se les llama a sus espías inorgánicos– con datos y evaluaciones sobre su situación. Ahí se habla sobre el estado de “aislamiento” al que estaría sometido, de que tendría “cortadas las comunicaciones” con el mundo exterior, de que sufriría “presiones” y de que su ánimo sería “volátil”.
En definitiva, una constelación de factores hacía suponer que Méndez estaba al borde de un colapso nervioso, con todo lo que eso significaba.
Pero en torno al Escuadrón 35 había una suerte de blindaje informativo. Un blindaje empeñado en la impostura de que allí todo discurría con “absoluta normalidad”. Pero durante los “extraños” incidentes del 1º de septiembre con encapuchados y cócteles molotov, fue visible la presencia de un nuevo jefe al frente del dispositivo de uniformados que custodiaba la unidad. Se trataba de un sujeto corpulento y canoso con jinetas de comandante general. Su nombre: Luis Lagger. Es un hecho, entonces, que Méndez –uno de los responsables del operativo de Cushamen en el cual Santiago fue visto por última vez– ha sido desplazado en el mayor de los sigilos.
También se supo que, ante el estado público que fue adquiriendo en los últimos días su vidriosa reclusión, las máximas autoridades de la Gendarmería resolvieron dejarla sin efecto. Y que el atribulado Méndez viajo con premura a Buenos Aires. ¿Acaso será el primer arrepentido del caso? Esa, desde luego, es la pregunta del millón.

(*) Por Ricardo Ragendorfer para Nuestras Voces

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