El centenario del Partido Comunista de China: De Mao a Xi Jinping, el giro político más impensado (*)

A un siglo de la fundación del PCCh, el marxismo más dogmático devino en pragmatismo tecnocapitalista con rasgos chinos que apunta a liderar el mundo. Del semifeudalismo a la Cuarta Revolución Industrial 4.0 a velocidad de la luz.

Xi Zhongxun y su hijo Xi Jinping –Presidente de China– abarcan la historia casi completa del primer centenario del PCCh creado el 1 de Julio de 1921 en una casa clandestina de la concesión francesa de Shanghái con doce delegados, entre ellos Mao Zedong más dos rusos de la Tercera Internacional. Xi padre se incorporó en 1926 y tendría un rol clave en la guerra civil. Más tarde fue encarcelado por su partido que lo paseó con un cartel de “traidor”, lo rehabilitó y convirtió en Secretario General, un ciclo cumplido por gran parte de aquellos líderes.





Los primeros 50 años

En sus primeros 50 años el PCCh estuvo a punto de ser exterminado, se alió y divorció de los nacionalista del Kuomintang, se retiró a las montañas de Jinggang traicionado por Chiang Kai Shek –quien fue apoyado por Hitler– desde donde hicieron la epopéyica Larga Marcha en 1934 con el Ejército Rojo recorriendo 12.500 kilómetros. Fundaron soviets extensos, se aliaron otra vez a sus adversarios para expulsar a los japoneses y retomaron la guerra revolucionaria hasta entrar victoriosos en Beijing el 1 de octubre de 1949. Tuvieron éxitos en alfabetización, salud, derechos de la mujer y esperanza de vida. Y fracasos como el Gran Salto Adelante –1958/62– que terminó en hambruna. Sus primeros 50 años encontraron al PCCh enfrascado en la paranoica Revolución Cultural: Xi padre estuvo a cuatro días de ser fusilado hasta que Mao intercedió. Estos dos episodios históricos generaron millones de muertos.

Muerto Mao –con el país ya sin hambre, convertido en potencia nuclear con un puesto en el Consejo de Seguridad de la ONU y hechas las paces con EE.UU– llegó al poder en 1978 su camarada Deng Xiaoping (reivindicado luego de un encarcelamiento). Se dedicó a suavizar el fallido dogmatismo maoísta. Y fue Deng –junto con Xi padre– quien rompió las estructuras: hizo el experimento de la Zona Especial en Shenzhen. El injerto de un nodo capitalista en pleno comunismo funcionó y comenzaron a replicarlo por todo el país bajo una nueva premisa: “hacerse rico es glorioso” (10 años antes escuchar a Beethoven convertía a alguien en burgués). Pero cuando los estudiantes le reclamaron más libertades en 1989, Deng miró hacia la URSS en descomposición y no le tembló la mano: los masacró en Tiananmen.

El segundo cincuentenario 

El segundo cincuentenario encuentra hoy al posmaoísmo en el lugar más inesperado: en la vanguardia de la nueva Revolución Industrial 4.0 y a la cabeza de la tecnología 5G de la mano de Xi hijo, cuya hija se graduó en Harvard. Un dato da la pauta de la metamorfosis: en 1978 el 100% de la producción económica era pública (hoy es el 20%). Según el serbio Branko Milanovic, China cumple los rasgos básicos de una economía capitalista: mayoría de la producción en manos privadas a quienes el Estado no les impone decisiones sobre producción y precios. El crecimiento chino refuta la tesis occidental de que el éxito económico requiere un vínculo entre capitalismo y democracia liberal (el origen del modelo tigreasiático sugeriría lo contrario).

La ecuación política china sería –según Milanovic– que el Estado se ve obligado a generar crecimiento para legitimarse, limita el acceso de la clase capitalista a cuotas de poder propio y lidia con altos niveles de corrupción. Su hipótesis es que los regímenes comunistas de China y Vietnam solidificaron las condiciones para una transformación capitalista: “jugaron funcionalmente el mismo papel que el ascenso de la burguesía en Europa en el siglo XIX”. El PCCh transformó la sociedad semifeudal en capitalista con un uso arbitrario de la ley en beneficio de las nuevas elites, manteniendo la autonomía del gobierno respecto de ellas. Así pueden guiar y ordenar la economía de acuerdo a planes estratégicos centrales, algo muy difícil en el capitalismo occidental. El PCCh parece seguir la teoría marxista que había visto un rol progresivo en la burguesía: se dio a sí mismo la burguesía de la que carecía.

El confucianismo 

En el modelo político confuciano que prima en China por 5000 años nunca se aceptó que el poder económico fuese independiente del central. Los ricos ascienden en calidad de individuos y no como clase social: carecen de agenda política propia. A Jack Ma –megaempresario digital dueño de Alibabá– le han recortado las alas por insinuar autonomía: casi no ha vuelto a aparecer en público. 

Habiendo perdido China el tren de la Revolución Industrial y desmembrada por potencias extranjeras hasta 1945, entró con Mao a un complicado laberinto del que parece estar saliendo airosa en apenas 40 años de “socialismo con características chinas” (aunque “capitalismo con rasgos chinos” suene más exacto). Su plataforma de despegue será la nueva Ruta de la Seda con la que se conectará al mundo por tierra y mar.

Todo este ciclo sucedió en escasos 100 años en el contexto de la única civilización antigua con cierta continuidad hasta hoy, desde que fuera unificada hace 2.242 años por Qin Shi Huang, enterrado con 8500 soldados de terracota que aun custodian su tumba secreta en Xian. Según se lo mire, Xi Jinping se piensa como un nuevo emperador que vino a “rejuvenecer” China y relanzarla como potencia mundial.

El ying y el yang

Desde nuestra perspectiva binaria es difícil entender esos cambios. El raciocinio de Occidente viene del principio aristotélico de no contradicción: algo no puede ser una cosa y su contrario a la vez. Pero el pensamiento chino –al margen de la ideología– tiene raíz taoísta. En el símbolo de ying y yang, el negro entra en el blanco y viceversa en armonía complementaria: es una unidad. La dualidad griega es A o B. La china: A y B. Por eso el Lejano Oriente asimila mejor el cambio y se adapta a la circunstancia. Ya el marxismo había tenido que trocar allí proletariado por campesinado –cambiando su fundamento– y ahora suplantaron “economía planificada” por otra de “mercado a la manera china”: un capitalismo de Estado. Quien empezó esta fase fue un héroe de la Larga Marcha –Deng Xiaoping– y la sigue el hijo de otro gran revolucionario: Xi Jinping. Y nadie ve contradicción. Son comunistas que ejecutan el capitalismo con una eficiencia y velocidad nunca vistas (similar a sus vecinos japoneses, surcoreanos y taiwaneses). La Razón occidental considera que el ser de las cosas es una sustancia rígida perdurable, una pureza a mantener para que no pierda su esencia. Pero el Este de Asia no es esencialista: Lao Tse teorizó: “lo único permanente es el cambio”. Si en el devenir algo falla, se toma el camino contrario con naturalidad. Cuando “el gran timonel” Mao se volvió dogmático, encalló: lo quisieron eclipsar y para defenderse generó la trágica Revolución Cultural. Una vez ausente el heroico líder que se había apartado de la “fluidez del tao”, China se reencaminó. Un dicho popular dice: “Mao acertó un 70% y erró un 30%».

El éxito económico con estabilidad política del PCCh es indiscutible –412% creció el PBI desde 1978–, más allá de la falta de libertades. Occidente se queja por formalidad sobre los derechos humanos, pero rápido los deja de lado: prima la lógica comercial. Este año se anunció la erradicación de la pobreza extrema, un concepto relativo. Pero nadie discute que unos 770 millones de chinos ascendieron a clase media o alta desde 1949 (99 millones desde 2012). De ser exactos los datos, son record en la historia humana. Este es un pilar de un partido que en 1922 tenía 300 miembros y en 2021 alcanza 92 millones, aunque los exámenes para entrar sean exigentes e insuman años. Cuando Xi Jinping quiso afiliarse, su padre penaba 7 años de cárcel y lo rechazaron nueve veces. Claro que hoy todo es distinto: en sus orígenes, ser comunista podía costar la vida. Ahora, para que un empresario disfrute de suma flexibilidad laboral y sindicatos amigos, necesita estar afiliado al PCCh.

Lo impresionante es que todo esto lo hizo un mismo partido con una cintura política tan flexible que pudo girar 180º sobre su torso sin quebrarse la columna, siguiendo postulados del Arte de la guerra de Sunzi: un constante sopesar del potencial abierto, adecuándose a un diagrama de situación y no a un plan a la manera occidental: un objetivo inamovible se vuelve obstáculo.

El PCCh es hoy coherentemente chino: dúctil y adaptable, amoldándose a la pendiente facilitadora como el agua: tiene poco en común con el de Mao. Los niveles de consenso parecen ser altos por el éxito económico en una suerte de matrimonio por conveniencia de mutuo acuerdo. La línea patrilineal Xi padre-Xi hijo es una continuidad divergente que confluye, no una contradicción (el primero ejecutó un plan A y el segundo un “opuesto” plan B). Ésta historia familiar ilustra los últimos 100 años en China, ese breve instante en una civilización que mide el tiempo a escala milenaria, mientras el paciente dragón rojo va tomando posición para su gran salto al cetro global, a partir de un diagrama situacional nunca prefijado. 

(*) Por Julián Varsavsky

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