Para la UCA, la tarjeta Alimentar logró contener el avance del hambre durante la pandemia

El último informe del Observatorio de la Deuda Social sobre la seguridad alimentaria arrojó un dato positivo en medio de muchos otros dolorosos: la tarjeta Alimentar consiguió frenar el avance del hambre entre los indigentes durante la pandemia. 

Así y todo, el relevamiento -que fue elaborado en colaboración con la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires- halló que en uno de cada tres hogares con menores de edad del Conurbano bonaerense, las familias o bien pasaron hambre por motivos económicos o se vieron obligadas a reducir el consumo de alimentos por falta de dinero. En términos técnicos, 33% de los hogares con niños y niñas experimentaron «inseguridad alimentaria severa» o «inseguridad alimentaria moderada».





En contraste, en los hogares sin menores de edad del Conurbano la inseguridad alimentaria fue menor (21%), pero así y todo fue más alta que en la Ciudad de Buenos Aires, tanto para los hogares con niños como para los que no tienen miembros menores de edad, con 13% y 5% de inseguridad alimentaria respectivamente.

Al poner la lupa en los hogares con niños, la inseguridad alimentaria severa, es decir aquellas familias que reportaron haber pasado hambre por no tener dinero suficiente para comprar comida fue del 2% en la Ciudad de Buenos Aires y de 12% en el Conurbano. Esto arroja un promedio del 10% para el AMBA, un número equiparable al del conjunto de los hogares urbanos de todo el país.

«Las vulnerabilidades asociadas a la presencia de niños en el hogar se reflejan en la mayor propensión hacia la inseguridad alimentaria por parte de estos. La incidencia de la inseguridad alimentaria resulta mayor entre los hogares con presencia de niños, llegando a ser hasta el doble», concluyeron los investigadores.

El reporte abarcó la realidad de las familias en toda el Área Metropolitana de Buenos Aires a lo largo de 2019 y 2020 mostró que la implementación de la tarjeta Alimentar no alcanzó para que mejoraran los indicadores de seguridad alimentaria de todos los hogares, pero sí fue eficiente a la hora de prevenir un mayor deterioro. En particular en los hogares en situación de indigencia sirvió para planificar mejor las compras, reducir la frecuencia de compra y asegurar una mejor alimentación.

Puntualmente dentro de los hogares con ingresos por debajo de la línea de indigencia del AMBA, la tarjeta Alimentar significó un cambio abrupto. Las familias que contaban con la tarjeta registraron 15% de inseguridad alimentaria severa, en contraste con el 44% de los hogares indigentes sin la tarjeta. Si se hace foco en la inseguridad alimentaria moderada en los hogares con tarjeta fue del 59% y en los hogares sin tarjeta del 33%. Es decir, que la tarjeta sirvió para paliar la inseguridad alimentaria severa, pero no para darles seguridad alimentaria a estas familias. De hecho, solo el 27% de los hogares indigentes sin tarjeta pudieron alcanzar la seguridad alimentaria, algo que solo lograron el 26% de los que tenían la tarjeta Alimentar.  

Esta paradoja de que los hogares sin tarjeta Alimentar hayan alcanzado la seguridad alimentaria en mayor porcentaje que los que sí la tienen se repitió en el AMBA también para los hogares no pobres (92% vs. 88%) y para los hogares pobres no indigentes (62% vs. 58%). Pero no así en todo el país, cuando se mira el impacto de la tarjeta Alimentar en los hogares indigentes del resto del país, la seguridad alimentaria mejora del 24% al 48%. Por lo que, en el agregado nacional, su impacto fue positivo en el segmento de los hogares indigentes en la medida en que logró aumentar la seguridad alimentaria del 26% al 31%, no así en los hogares pobres y no pobres.

Sin embargo, a Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social, no le sorprende que en los hogares sin tarjeta la seguridad alimentaria haya sido mayor precisamente porque la tarjeta fue orientada a los hogares más vulnerables. «No son la misma población», explicó.

«Lo relevante es analizar el riesgo de inseguridad alimentaria severa. La tarjeta lo que consiguió no es que los hogares pasen de la inseguridad a la seguridad alimentaria, sino que de la inseguridad severa pase a la inseguridad moderada, es decir que se eleve la tasa de la inseguridad alimentaria moderada. También en el contexto de aislamiento sanitario, recesión e inflación de la pandemia, amplios sectores de clase media se empobrecieron y ni antes ni durante la pandemia llegaron a la tarjeta. Eso se vio reflejado en un deterioro de la situación alimentaria. Los modelos de regresión temporal dan cuenta de este efecto», dijo Salvia a este medio.

Una de las formas en las que impactó la tarjeta Alimentar en la población fue en la manera de comprar. Es que históricamente en los hogares de mayores ingresos, comprar comida es una actividad semanal, quincenal o mensual porque las familias cuentan con los ingresos suficientes para planificar qué y cuándo comprar. En cambio, en los hogares más pobres y en particular los indigentes, las compras se hacen en la medida en que ingresa dinero al hogar, lo que no permite planificar ni organizarse para aprovechar descuentos ni ahorros, sino que se vive al día y en la mayoría de los casos se va al almacen día o día o a lo sumo cada 2 o 3 días.

Esto fue lo que la tarjeta revirtió. Su uso permite que los hogares indigentes con tarjeta que comprar con menos frecuencia: así los que no tienen tarjeta hacen compras diarias en el 33% de los casos contra el 1% de los que tienen tarjeta y los que compran de forma semanal se hayan incrementado del 23% al 41% en el agregado del AMBA. El mismo impacto se observó a nivel nacional: las compras diarias se redujeron del 34% al 12% y las semanales aumentaron del 25% al 35%.

«Es menester destacar que como institución de derechos humanos que participamos activamente de la Mesa contra el Hambre reconocemos el trascendental rol que en contexto de Pandemia tuvo la Tarjeta Alimentar como política pública», remarcó Dolores Gandulfo, titular de Política Institucional de la Defensoría del Pueblo porteña.

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