jueves 27, febrero, 2025, Eduardo Castex, La Pampa

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El avance de la derecha y la sombra de un tiempo caníbal (*)

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Mileijavier Discurso 19setiembre2021

El alineamiento de la Argentina al fenómeno del avance de las derechas/ultraderechas en el mundo es un hecho convalidado en las elecciones legislativas del 14 de noviembre del 2021.

El triunfo de Juntos y el 17 por ciento obtenido por La Libertad Avanza, esa aberración política encabezada por Javier Milei en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, quien profesa el odio a la “casta” desde una vulgar ensoñación de pureza liberal que expresa el deseo antipolítico del casto y su falsía que captura un término caro a la tradición anarquista para trocarlo en el pelaje semántico que enmascara, o esa es la intención, un fascismo ramplón pero muy peligroso, y que logró ingresar al Parlamento quizá para proyectar minar desde adentro un sistema representativo que parece, a veces, alejarse de sus representados.

Esta avanzada de las derechas – algunos politólogos han desechado esta caracterización que indica posicionamiento ideológico en una reactualización del fin de la lucha de clases y las ideologías, consolida esa opción política que ha sido revalidada en las urnas y que no debe analizarse sólo desde los marcos de interpretación endógenos. Las derechas neoliberales han trazado estrategias políticas y comunicacionales muy efectivas para provocar un corrimiento en el límite de lo políticamente incorrecto para volverlo aceptable y deseable por amplios conjuntos sociales.

Tomemos como ejemplo Alemania y Brasil. En Alemania el partido de ultraderecha AfD- Alternativa para Alemania- logró en 2016 colocar a miembros del partido en 13 de los 16 parlamentos regionales. AfD es un partido xenófobo que aglutina a sectores neonazis, etnonacionalistas, islamófobos y unionistas europeos que sintieron un fuerte desencanto con Merkel y el Euro. AfD sedujo a una franja de votantes heterogénea derribando la culpa histórica del holocausto y reavivando los miedos latentes expresados en el migrante, el otro-diferente que pone en riesgo la distribución de los recursos sociales del Estado, el trabajo y que reactualiza la identificación del migrante con el terrorista.

En Brasil, primero el presidente interino Michel Temer que llegó al cargo en 2016 luego de promover el Impeachment/juicio político a Dilma Rousseff, inauguró un gobierno de corporaciones que produjo la reforma laboral que retrotrajo las condiciones de trabajo al siglo XIX, es decir, reinstaló la esclavitud y la explotación del hombre por el hombre, además de reducir los presupuestos para salud y educación y avanzar en un plan de reforma tributaria y previsional que incluyó la elevación de la edad jubilatoria universal a 65 años.

Brasil también enfrentó el avance de la derecha xenófoba liderada por el grupo “Derecha San Pablo” que realizó por aquel año manifestaciones en contra de la Ley de inmigración que el congreso brasilero aprobó. Las consignas: “No queremos la islamización de Brasil”, “Fuera comunistas” “Soberanía para Brasil”.

El presente lo conocemos: Con el camino allanado, luego de que el ex juez Sergio Moro junto a la cadena Globo produjeron el enjuiciamiento y condena a prisión de Lula Inácio da Silva por corrupción – el lawfare del grupo de tareas judicial que según el periodista Glenn Greenwald, coautor de los reportajes de The Intercept Brasil, “los grandes medios no estaban informando sobre la operación Lava Jato, sino que estaban trabajando para el Lava Jato” -, llegó a la presidencia en 2019 Jair Messias Bolsonaro, quien al asumir le ofreció al juez Moro el cargo de ministro de Justicia.

Argentina experimenta ese corrimiento hacia expresiones de derecha que desde lo aspiracional se identifican con el exitoso en términos de marketing, técnica y mercado, y en tanto deseo subjetivo e individuado.

Amplios sectores de nuestra sociedad evidencian una inquietante inclinación hacia opciones políticas conservadoras, racistas, xenófobas, expresadas en un discurso que propone una nueva versión del fin de los grandes relatos. Juntos, antes Cambiemos, es esa fuerza de coalición que aglutina en su seno a los herederos de la Campaña al desierto y la ley de enfiteusis con el balbinismo radical y los millennials del Big Data.

Juntos es ya una fuerza política extendida por todo el país que está cambiando la matriz cultural de nuestra sociedad. La propuesta es la de una sociedad sin deuda histórica. Nadie le debe nada a nadie es el lema, porque la construcción del proyecto de vida es individual y se forja con el esfuerzo personal, ese que repite la catilinaria devaluada del “a mí no me regalaron nada, todo lo hice solo y trabajando”.

Es sabido, aunque negado, que el Estado es el que ofrece el marco regulatorio de posibilidades para el desarrollo y crecimiento individual y colectivo, pero la aparatología técnico comunicacional de las derechas trastoca ese valor positivo en plena negatividad. Hegel y Spinoza lo advirtieron. El clima de época al que se refieren periodistas y politólogos es el de los sujetos que combaten con pasión por su servidumbre.

Juntos, antes Cambiemos, encarnó el laboratorio gélido donde se procesó esa pasión por la explotación. Ese es el verdadero cambio: El mal revestido de pasión calculada sometida a segmentación de perfiles.

El mal es una categoría filosófica que expresa ausencia del bien. Aristóteles se refirió al mal desde el bien al considerar que las buenas acciones son aquellas que conducen al logro del bien del hombre (se entiende que es un hombre colectivo, social) por lo tanto toda acción que se distraiga de lograr el bien común se aproxima al mal como ausencia de ese fin. Juntos, antes Cambiemos y antes PRO, con su ropaje de pasión alegre nos arrojó al dominio de la filosofía del nuevo amo.

El esclavo liberado pidiendo a gritos su coctel de ansiolíticos informacionales para no enfrentar la responsabilidad ética que implica ejercer esa libertad. Es mejor, entonces, ingerir la píldora que el conglomerado comunicacional concentrado ofrece y que nos acerca en mansedumbre al administrador de nuestras libertades, el racionalizador de nuestras vidas, el regulador de nuestros deseos que en el capitalismo se satisfacen en el consumo de todo tipo de mercancías de uso y cambio. Quienes puedan, un atuendo en el que el logo no es precisamente el conocimiento de cómo el ropaje no nos viste sino que nos consume. En los que menos posibilidades recibieron, la ilusión de un provenir mejor, es decir, el consumo de una esperanza no liberadora, el espejismo de agua en un desierto que se ha elegido.

En el cambio de la matriz cultural que Cambiemos operó, el otro sólo es concebido como un competidor aceptable en tanto emprendedor gregario. El self made-men que mira con recelo al trabajador silvestre, precarizado, cuando no con odio al organizado en economías populares. El mismo que envidiará el progreso de su vecino hasta desearle la desgracia del fracaso en el camino hacia su hechura como hombre emprendedor, el propietario de su destino que como tal no ve en la filosofía del robo de ladrillos arltiana un hurto sino una condición de su existencia como propietario. Ese es el hombre sin deuda y sin historia, en este tiempo de desmemoria y degradación del Estado de Derecho, una memoria que creíamos consolidada como un bien de nuestra democracia, memoria del derecho humano que cruje como una hoja chamuscada en el piso estival.

¿Qué puede ser más aterrador en sociedades que viraron hacia un estado conservador que un otro denunciante de la violación de los derechos fundamentales de los seres, un enemigo interno/externo? El gobierno de Macri transformó a Santiago Maldonado, mediante diversas operaciones político-comunicacionales, en un hippie sucio, drogón, artesano, agente británico, terrorista kurdo/colombiano, miembro de la “célula” RAM que intentaba cooptar la Patagonia y declarar un Estado Separatista Mapuche.

Recordemos: Santiago murió en el marco de un operativo ilegal llevado a cabo en forma coordinada por Gendarmería Nacional y el jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad, Pablo Nocetti, y con el aval de la ministra Patricia Bullrich y el presidente Mauricio Macri.

Lo alarmante es que la construcción de ese enemigo que altera la “normalidad” de un orden social instituido hace mella fácilmente en la superficie de una sociedad en la cual ese sentimiento de odio/rencor es una latencia en estado de erupción constante. Santiago Maldonado puso el cuerpo y sus convicciones en el centro de los intereses del poder geopolítico. La Patagonia de Benetton y Joe Lewis, el magnate inglés amigo del Presidente Macri.

Cambiemos hizo campaña alimentando el odio hacia ese enemigo interno, una medusa cuyas cabezas portan la efigie de Santiago, Milagro Sala, Cristina Fernández y las diferentes representaciones del kirchnerismo, esa palabra maldita que aún molesta por sus posibilidades potenciales de encauzar un movimiento nacional que necesita en forma urgente, casi como condición de posibilidad para un 2023, la reformulación de sus prioridades políticas y sociales.

De lo contrario, la profundización de un tiempo caníbal y siniestro recorrerá y no como un fantasma, la geografía del país.

(*) Por Conrado Yasenza (director de la revista digital La Tecl@ Eñe para Télam)

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