Mientras la Feria del Libro de Buenos Aires, en su 50 edición celebra la resistencia institucional —en un contexto donde el gobierno nacional cuestiona y ataca con dureza a los artistas, a los organismos públicos y consensos históricos del sector—, la FILBo de Bogotá parece elegir otro camino: el de la conversación. No desde la confrontación, sino desde una idea poderosa y poco frecuente en estos tiempos: el silencio.
En la apertura en Argentina, resonaron las voces poderosas de Selva Almada, Leila Guerrero y Gabriela Cabezón Cámara » La lectura es un derecho«, y resuena esa vieja advertencia de Jorge Luis Borges que conserva plena vigencia: «Siempre imaginé que el paraíso sería algún tipo de biblioteca» como defensa del leer y de ese espacio común que representan bibliotecas, editoriales y ferias frente a los discursos del odio y la demolición.
Bogotá, en cambio, propone detenerse para escuchar. Su lema, «escucharnos es leernos», convierte a la lectura en un ejercicio de empatía y al encuentro ciudadano en una forma de cultura pública. Haciendo filas empecé el aprendizaje y descubrimiento de importantes presencias en la Filbo. Por ejemplo del proyecto «Las cuchas tenían razón» de Medellín, para acompañar la búsqueda de verdad y justicia por víctimas de desaparición forzada, violencia estatal y otras violaciones graves de derechos humanos. Las cuchas, mujeres madres, abuelas como las nuestras de Plaza de Mayo. Coraje, amor y memoria.
Otra característica que noté en la FILBo es la presencia de la la red editorial latinoamericana. Bogotá se consolida como plataforma para editoriales independientes, sellos regionales y circulación de autores de distintos países, tendiendo puentes en un mercado fragmentado. Allí donde Buenos Aires despliega actividades y estimula instituciones culturales, Bogotá parece apostar por algo complementario: reconstruir vínculos y escucharse por sobre los ruidos tecnológicos.
No se trata de oponer dos ferias, sino de leer dos respuestas distintas a una misma época. Buenos Aires defiende cultura e institucionalidad amenazada. Bogotá ensaya una pedagogía del encuentro. Ambas recuerdan, cada una a su manera, que el libro sigue siendo un espacio de diálogo y resistencia democrática.
(*) Por Adriana Lis Maggio (escritora – ex secretaria de Cultura de La Pampa)















